La muerte de Atila

Año 453. Nos encontramos en la región de Panonia, en las llanuras de Rumanía, donde un ejército huno tiene asentado su centro de operaciones en el territorio europeo. En el sur, el ejército romano dividido entre el Imperio de Oriente y el de Occidente, esmera sus esfuerzos en postergar la caída del Imperio mientras es hostigado en cada una de sus fronteras.

Atila portrait

Etil, Padrecito, El azote de Dios, El rey del Imperio efímero Atila, desde que la espada de Marte lo señaló como líder en 435 había reunido a las tribus hunas y sembrado el pánico por todo el mapa de Europa reclamando su hegemonía sobre los territorios de Occidente. Roma trataba por todos los medios de contener su avance, lamentando quizás haber permitido que este enemigo madurase su pericia militar al amparo de las enseñanzas romanas siendo sólo un adolescente ( cuando no contaba más de trece años, Atila fue enviado a Roma como rehén amistoso. Un intercambio muy habitual en aquel tiempo. Allí sería instruido en la táctica militar y estratégica de Roma durante cuatro años)

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Cuando las tropas de Atila comienzan el asedio de la Galia en el año 451, Roma alcanzará una de sus últimas grandes victorias de la mano del General Aecio, viejo amigo del huno, quien detendrá su avance en la batalla de los Campos Cataláunicos, perdonándole la vida y forzando su retirada a las provincias de Europa Central.

Pero el alivio no duró demasiado ya que, un año después, Atila reaparece a las puertas de Roma dejando un reguero de ciudades asoladas. En esta ocasión, salió a su encuentro una embajada diplomática con la intención de negociar un tributo o una rendición honrosa. Entre los miembros del comité se encontraba el papa León I, quien mantuvo una conversación con Atila tras la que, sin más ceremonia, inició su retirada dejando la ciudad intacta y al papa como héroe y salvador del Imperio.

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No se sabe con exactitud qué indujo a Atila a retirarse. En unos casos se afirma que fue fruto de las supersticiones del general, o bien de las hambrunas y la fatiga de su ejército, bien a causa del efecto disuasorio de las tropas dispuestas por Roma en su retaguardia, o bien la intervención divina de San Pedro y San Pablo…Esto queda ya al gusto del consumidor. Sea como fuere, Atila regresó con sus tropas a la Panonia sopesando la idea de probar mayor suerte en el asedio del Imperio de Oriente.

Atila villa romana

Cuando llega al campamento, que había dejado al mando de su heredero Elac, se encuentra con que los bactrianos, una tribu mitad griega mitad india, habían sido apresados por las tropas comandadas por su hijo, quien a la llegada de Atila, le ofrece un príncipe Bactriano como muestra de respeto y valía.

Atila observa indiferente al azarado príncipe rendido ante sí y exige saber qué tiene que ofrecer dicha tribu a los intereses hunos. Elac, vacilante, admite que no resultan útiles pero que han sido conquistados y se niegan a cumplir con los trabajos forzados.

El general desenvaina su espada y sin pensárselo demasiado se dispone a descargar, cuando una voz femenina que suplica entre la multitud le detiene. Se gira y contempla unos cabellos rubios que, enmarcando unos ojos azules, caen gráciles sobre el cuerpo esbelto de una joven de diecisiete años que ruega por la vida de su padre, presentándose como Ildico, la princesa de las tribus bactrianas.

Pensativo, Atila vuelve a recorrerla con sus ojos oblicuos e interpela a su hijo en un diálogo que, con el apoyo de las crónicas, bien podemos reflejar así :

– Esta niña…ha sido violada, imagino.

– No. Tratándose de una princesa, he decidido que se la respetase para obtener un mayor rescate por ella.

– Interesante, interesante…¿ Entonces se la ha respetado?

– Así ha sido, padre.

Acogiéndose a la costumbre huna a la hora de desposarse con una princesa de un reino invadido, Atila alza su espada y con un movimiento certero sesga el cuello y la vida del príncipe bactriano. La tradición establecía que tras la victoria se debía matar al rey derrotado y en gesto de respeto y gratitud, el general victorioso de casaba con su esposa o con alguna de hijas, a elección propia, por supuesto.

Ildico acepta con resignación su destino y asiste con indignación y horror al asesinato de todos sus hermanos. Se celebran los esponsales por todo lo alto según el estilo huno que, como factor común a la mayoría de las culturas, incluía ingentes cantidades de comida y alcohol.

Al llegar la noche de bodas, Ildico se presenta ante un Atila desbordante de pasión y vino con nada más que una túnica que no ocultaba el pavor que sentía ante la imponente presencia del huno. Entonces la serendipia quiso que el cuerpo de Atila sufriese el azote de una enfermedad que le acompañaba desde hacía años, provocándole una hemorragia interna que lo ahogó en su propia sangre.

Atila e Ildico

A la mañana siguiente cuando los generales entran a buscar a su líder se topan con la escena: el cuerpo de Atila yace muerto completamente bañado en sangre. Agazapada bajo una enorme piel en un rincón del cuarto encuentran a Ildico aterrorizada.

Por supuesto, la primera intención de los generales fue darle muerte allí mismo, pues suponían, como algunas fuentes siguen sosteniendo, que Atila había sido envenenado por ella. Pero uno de ellos aseveró ser conocedor de la enfermedad que padecía y ordenó que se respetase a Ildico como emperatriz del Imperio huno.

Así se hizo, en efecto, aunque tras la muerte de Atila, a los 58 años de edad, las tribus hunas empezaron a rebelarse y los hunos, ya sin un líder claro, se dividieron y el imperio se deshizo en poco tiempo.

La leyenda dice que Atila fue enterrado en tres ataúdes: uno de hierro, uno de plata y un tercero de oro. Los cuatro generales má fieles buscaron el lugar idóneo para su enterramiento y se conjuraron para no desvelarlo jamás. Por su parte, los soldados que participaron en el sepelio aceptaron gustosos darse muerte y llevarse con ellos el secreto.

FUENTES:

Desperta Ferro : La batalla de los Campos catalaúnicos

Attila the Hun. Heritage History

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